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Porque soy mujer, una raza noble y fuerte. Porque cuando odio, odio con pasión. Porque cuando amo, amo con pasión...

Una tarde de cálidos rayos rojos el joven fue a lo alto de un acantilado. Desahogó sus males; allí frente al romper de las rocas deseó morir allí. La soledad que arrancaba de él su corazón tanto tiempo, sintió como comenzaba a taladrar la última defensa de su dignidad y amor a la vida; esto era; la conjunción del corazón y el pensamiento, a través del corazón el dolor corría a dirigirse a su mente, sus pensamientos, todos sus actos. La soledad estaba con él a cada momento, en lo que comía, el aire que respiraba, todo cuanto hacía; incluso en aquel desolado acantilado desde donde veía a lo lejos la ciudad y la población en las playas. Más de una vez cerró sus pensamientos, los cubrió con tierra y continuaba haciendo sus cosas. Sabía que estaban ahí, pero firmaban un pacto por un tiempo; seguro él que, cuanto más tiempo lo ignorara, más terrible sería el dolor posterior.
Los rayos del sol se le incrustaban a la cara, amarillos y anaranjados, y el viento azotaba todo su cuerpo; en ese momento rugió con más fuerza el céfiro y estimuló sus pensamientos irguiéndose. Ahora sentía como un goteo continuo de náuseas crónicas destilando frustración gota a gota sobre su mente. Se estremeció, y tras pasarse la mano por la cara sufrió escalofríos; el viento comenzaba a enfriarse. Recordaba que cada palabra que pronunciaba le dolía en el pecho, a su familia, a sus amigos…
... (( Continuar - ->->->->->-> ))MÁS ALLÁ DEL HORIZONTE

Raudo navega el velero sobre el ancho mar; ondeando sus velas al son de los vientos del sur; el frágil casco que desafía a las aguas y a los luminosos rayos del atardecer, que cargan por el horizonte anaranjados y nostálgicos rememoradotes de antiguas tragedias.
Según cuentan, el esquife partió de un gran puerto, el puerto de Remmon, la capital de una importante isla del Este, y tras hacer una escala en una pequeña isla cercana, comenzó su travesía por mar abierto, solo en la inmensidad de los días, las noches, el mar y los cielos; tan sólo gobernado por un hombre que, atento a la Mayor, observa el horizonte, concentrado en las violetas y pardas nubes del horizonte.
-“Oh, majestad, no digáis eso”.Perdido estoy-le diría meses atrás en el salón Real-por ello debo regresar al bote y a mi soledad, al lugar donde caen las aguas, y se une el principio y el fin.
La corte entera observaba atónita y expectante la situación entre padre e hijo.
“Deseo vuestro permiso, señor, para partir. Y puesto que para vos sería una deshonra el desertar de uno de vuestros capitanes, borrad de las paredes mi nombre, de todas y cada una de las telas; encarcelad a quien pronuncie o cante mi nombre, y que mi apellido se pierda en el olvido…
-No soy nadie, mi rey. Sé que podéis complacerme mi señor, y toda vuestra corte me es testigo. He de marchar-dirigió su mirada a los techos de la sala, recorriendo las paredes, los telares, los jardines colgantes, y finalmente en los cortesanos finalizando en su padre-aunque jamás podré olvidar este palacio, sus espejos, jardines, las bellas mujeres que adornan nuestra ciudad, nuestra famosa biblioteca…ni a vos.
-Desde aquí observo el avituallamiento de mi esquife, señor. No os apenéis. Vuestra... (( Continuar - ->->->->->-> ))
La pluma olvidada en el curso del tiempo del vuelo del viento
Era el capitán sin navío. Se sentaba cada día en el puerto, hasta el atardecer, solo y desamparado. Con el recuerdo de días de esperanza en la mente y el sabor de otros labios en los suyos; un amor sin consumar. Su infancia se perdía en el océano de sus recuerdos, y sólo cada día caían al mar sus deseos de un nuevo amanecer.
Tiempo atrás había luchado, y había creído que todo hombre hace siempre realidad sus sueños. ¿Consiste la vida en eso? Trabajaba cada día en su propio navío, con esperanza al principio, que fue soslayada con el paso del tiempo por un deseo irreconocible, un vacío hasta que llegó ella. Sin previo aviso, diseñó los planos más bellos que el jamás vio y con una mirada fijó el deseo en el joven. Vio cómo su trabajo en el navío avanzaba más aprisa. Incluso ayudó en la construcción del navío de ella, al que él puso todo su empeño en embellecerlo.
Pero todo ahora quedaba atrás. Sobre los maderos del puerto observaba durante días, meses y años a los hombres ir y volver con sus hermosas doncellas, sonrientes ellas tanto como ellos, e iban a servir al amor. A los navíos veía ir todos a la guerra, y volver a algunos de ella. De
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